ZZ…“porque un poco de locura no hace nunca daño”…ZZ

jueves, 6 de septiembre de 2007

LA GENERACION PIRELLI


LA GENERACIÓN PIRELLI
Maruja Dagnino
Resultaría paradójico que, mientras el universo de la cultura masmediática, en general, ha hecho un trabajo de afinación de sus lenguajes simbólicos y literarios, la institucionalidad cultural siguiera viviendo a la retaguardia de un proceso que transforma cada vez con más intensidad la percepción estética.
Basta con echar un vistazo a la televisión, a su riqueza visual y a sus elaboraciones simbólicas, a las revistas, a las tiendas, a los objetos de uso cotidiano, a la arquitectura, para darse cuenta de que la estética entendida como un valor y no como paradigma a pasado a ser un elemento imprescindible en la vida del hombre.
Los museos venezolanos hacen verdaderos esfuerzos para ponerse en conexión con el mundo de lo real: han ideado y copiado fórmulas que facilitan esta relación, y, en este sentido, el Salón Pirelli ha permitido la incorporación de los elementos extramuseísticos a las salas de exposición. Con esta apertura se ha convertido en el escenario en torno al cual se rigen las expectativas relacionadas con los lenguajes más recientes. No sé si el MACCSI sabe cuánto es el público que visita al salón, pero no es mucho decir que el día de la inauguración es prácticamente imposible caminar libremente por las áreas expositivas sin rozar, tropezarse o recibir empellones de la gente que acude masivamente al encuentro de una estética que lo divierte y lo confronta con una conceptulización de lo cotidiano. Y esto es invalorable en un país ultimomundista. Es ciertamente una delicia ver como los adolescentes acuden al museo, sin que medie la escuela, para encontrase con la inventiva, para participar de un hecho imaginativo que, seguramente, algo les debe estar diciendo.
Pero el destino sacralizador del museo parece inevitable. Esta apertura, que se ha hecho extensiva en otras instituciones, también ha contribuido a crear una confusión en torno a las fronteras del hecho artístico, en la misma medida que la critica ha pasado a ser un fantasma en el campo de las artes y de las letras venezolanas durante la ultima década. Se percibe en un paisaje plástico, sobre todo en el arte de las instalaciones un emprobrecimiento de los lenguajes y una frustrante incapacidad para discernir sobre la calidad de las obras, asunto que trae de cabeza a artistas y espectadores. Es urgente que se analice, y eso tiene que hacerlo los especialistas, el fenómeno Pirelli, para saber a ciencia cierta donde se puede llegar en esta especie de manía tecnológica en el mejor de los casos y facilista en el peor de ellos que han asumido nuestros jóvenes artistas, aupados, seguramente de buena fe, por curadores y jurados.
El Salón Pirelli tendrá que replantear sus bases y proyectos de curaduría, que están al borde de convertirse en realidades muy fácilmente predecibles. La demasiada seguridad que el Salón ha generado en los artistas jóvenes se ha tornado un tanto peligrosa y nos ha ido alejando cada vez más de nuestras realidades perceptivas, en un momento en que la globalización, tan imprescindible, nos aleja también de nuestra manera de sentir. Hay que alterar a nuestros artistas, moverlos, retorcerlos, hacerlos conocer cuanto duele el pensamiento que se produce sin el auxilio del new age, de la teoría del caos y otros síntomas finiseculares. Hay que incitarlos a que se tuerzan el pescuezo ante la obra. Los curadores, como organizadores y conceptulizadores del discurso expositivo, tienen una tarea histórica: hacer trizas la conformidad, arremeter contra la comodidad de pensamiento.
Son los mismos artistas, paradójicamente, quienes han comenzado a asumir el rol de la critica y han dejado ver, incluso, gran calidad literaria en algunos casos, como el de Julio Pacheco Rivas. Ingresaron este último año al mundo de la opinión escrita Eugenio Espinoza, Carlos Zerpa, Alessandro Balteo, Nelson Garrido, Javier Téllez sin duda uno de los artistas que en esta última década ha sabido elaborar un discurso plástico coherente dentro de los nuevos lenguajes, y ha vuelto al ruedo Manuel Quintana Castillo, todos con sorprendentes niveles de interpretación de una realidad que se extiende más allá de sus propias obras y que abarca, incluso, la institucionalidad. La calidad de sus polémicas ha superado, en ocasiones, a la de los pocos que todavía ejercen la crítica en el país.

Crítica de la crítica.
Continúa sorprendiendo la capacidad que han demostrado los artistas venezolanos para intervenir en los asuntos que les conciernen, la primera edición de Festival de Artistas de ´98, Ven – art, realizado en Abril, representa un avance significativo en la búsqueda de salidas alternativas al mercado galeristico. Y aunque los resultados económicos fueron bastante buenos, es preciso afinar los mecanismos de participación, elevar la calidad de la oferta, evitar que le evento se convierta en un automercado, ya que son los mismos artistas los interesados en elevar el nivel de apreciación del producto artístico. No sería, además, nada deleznable, aprovechar este impulso gremial para apropiciar la revisión de las leyes que soportan y regular el mercado de las obras de arte en Venezuela, prácticamente inexistentes y garantizar la protección de los artistas y de sus patrimonios.
Por último, me resulta acertadísima la premiación de Magdalena Fernández en la 58º Salón Michelena, con una obra que se mueve en el mejor espíritu constructivista; y también la inauguración, en Maracaibo, del museo de Arte Contemporáneo, Maczul, con una exposición que reconstruya la historia de la plastica zuliana, en un inteligente entrecruzamiento de la historia cultural desde los tiempos en que esa tierra era poblada pro animales, wayús, indígenas, pulowis lugares encantados, maleiwas deidades, y wanulúes espectros, hasta estos días post-petroleros de carrocerías tapizadas con monedas y de casas urbanas construidas en forma de barco.

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