ZZ…“porque un poco de locura no hace nunca daño”…ZZ

jueves, 6 de septiembre de 2007

EL RUIDO DE LOS OCHENTA

RUIDO DE LOS OCHENTA EN VENEZUELA
Víctor Hugo Irazabal


Tendido sobre una inmensa laja orillas del Orinoco, siento la viabilidad de la naturaleza. El día estuvo cargado de un exceso de impresiones visuales. No obstante, no me siento cansado. Hace días que dejamos Caracas y apenas hoy la recuerdo al saltarme a la memoria las largas reuniones con Víctor Guédez, Antonio Lazo, Vasco Szinetar, Samuel Baroni, Quintana Castillo, Zapata, Octavio Russo, Zulema, Valentina, Oscar Vásquez, Waleska, Marycarmen Pérez, el viejito amigo de Antonio, y otros más. Pienso lo bueno que hubiese sido reunirnos sobre esta piedra. En medio de este espectáculo nocturno. Fueron 17 reuniones, una cada semana, de cuatro y seis horas de duración, con un riguroso director de debate y un apretado cronograma de discusión. El cronograma ocupó una larga cinta de papel de unos 70 cms. De ancho por unos siete metros de largo. Cada reunión fue garbada y al final de las mismas se extraían conclusiones.
Todo comenzó con el artículo que Víctor Guédez escribió sobre la exposición de los ochenta, publicado en el diario El Universal, que se celebró en la Galería de Arte Nacional. Esa fue la excusa para sentarnos a descifrar lo que se hizo o se dejó de hacer, en la pintura venezolana, durante esos diez años. A buscar los antecedentes, la tendencia predominante, a marcar nuestras diferencias, a tantear el futuro. Durante el desarrollo de las reuniones sentí que no estaba equivocado, que debía emprender cuanto antes este proyecto: la ruta de Humboldt en el Amazonas. Que esta laja y que este río me esperaban desde hace mucho tiempo.
El arte llamado de los cometas y, concretamente, la pintura se irá definiendo en el tiempo, a medida que se establezca la distancia necesaria para obtener una mejor perspectiva para poder emitir un juicio que permita una mayor comprensión del mismo. No obstante, siento que para muchos de los protagonistas de ese espacio, el tiempo avanza rápido, erosionando velozmente su obra.
Arte de los ochenta. Siempre se anda en busca de una etiqueta, de un nombre para bautizar lo que se pretende vender como nuevo, se define a priori, en lugar de dejar que las cosas por si solas busquen su propio significado. Deformación creada para el marketing y la publicidad, tan medida en el arte de estos días.
Producto de vivir dando saltos a la carrera tratando de estar al día, eludiéndonos, dudando de nuestra realidad, viviendo en otras órbitas.
Se parceló esa década ya que era imposible, debido a la pluralidad formal y conceptual, hablar de movimientos o de un estilo en particular. No obstante es posible establecer, en forma general, algunas características de la misma. Nace, entre otras cosas, como una reacción de la emotividad frente a la frialdad de los setenta, suerte de acción liberadora ante la razón y la confusión. Mucho se habló de la búsqueda en la interioridad, en las manifestaciones espirituales del hombre, en algunos casos sincera, en otros no pasó de la simple pose. Se produjo una interacción entre el presente y el pasado, una revisión de los principales movimientos de vanguardia y de sus principios filosóficos. Los ochenta en parte tuvo como protagonistas a un grupo de artistas que regresaban al país a causa del “viernes negro”. Artistas formados en Nueva York y Europa. No debemos olvidar el viraje que dio la Galería Mendoza, bajo la dirección de Axel Stein. La revitalización del mercado del arte con la aparición de una serie de galerías de “vanguardia” que al final culminaron en expresiones comerciales y estereotipadas de la actualidad. La incorporación de nuevos coleccionistas en la escena, que en su mayoría vieron en la obra de arte solamente un objeto de inversión, sin importarles su contenido ni el goce estético y de contemplación que una buena pieza produce en el espectador. Por esta vía se trastocó la esencia del arte y el artista produjo pensando en función del consumo. Nunca antes la mercantilización había alcanzado tales extremos. La pintura constituyó el medio aglutinante por excelencia. El regreso a los materiales y técnicas tradicionales marcaron la pauta en manifestaciones pictóricas que iban desde la figuración hasta la abstracción más pura. Aparecen en escena los artistas vedettes, quienes hicieron de lo lúcido, la moda, el consumo, la ostentación y la obsolencia del arte sus principios de vida, su filosofía de acción. El éxito exterior de un artista cobró más fuerza que el interior. Éste se media por la cantidad de puntos rojos acumulados al final de exposición. La figura del curador y del crítico solidificaron su presencia como rectores del que hacer plástico. El transplante de formulas nacidas en Europa y los Estados Unidos, en los setenta y desarrolladas a plenitud en los ochenta, relacionadas con el postmodernismo, noexpresionismo, neosalvajes y la transvanguardia encontraron eco en muchos de los militantes de esta década.
Nunca me sentí su influencia. Avancé tomando una distancia prudencial frente a un arte de traslado que repetía las actitudes de otro. La gran mayoría abrazó los planteamientos generales sin siquiera pasarlos por el tamiz de lo particular para buscar una respuesta propia a lo internacional. La necesidad de ser árbol con sus raíces clavadas en un pedazo de tierra especifico, pero con las ramas abiertas a todo el mundo exterior no fue la actitud fundamental de la mayoría de los artistas de esa década.
Mucho óleo, trementina y aceite de linaza se echó a rodar en busca de la postmodernidad, de la pintura salvaje, de la falsa espontaneidad, del pseudo trazo infantil, del estudiado mal hacer y de la banalidad como concepto. Más de un curador incauto dejó asomar su “dolida” cultura de magazín internacional a apostar a los falsos mesías. En medio de tantos tumbos, sin embargo, fue importante el regresar a la pintura, fue esperanzador buscar el hilo. Empezar de nuevo. La década tuvo estos y otros aspectos positivos al darle una bocanada de aliento al arte venezolano. Nunca antes se había pintado con tal furia. Cuando baje la marea sabremos el verdadero balance de los ochenta. El tiempo permitirá tomar distancia para una mayor visión de las cosas. A propósito de los ochenta recuerdo estas palabras de Shiller: “Sé hijo de tu siglo pero no su hechura”.

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