ZZ…“porque un poco de locura no hace nunca daño”…ZZ

jueves, 6 de septiembre de 2007

ARANDO EN EL MAR


ARANDO EN EL MAR
Julio Pacheco Rivas

El andar de la gestión cultural pública en Venezuela deambula entre urgencias sectoriales, casos personales y estados de inspiración administrativa. Se encuentra beatíficamente signado por las buenas intenciones, esa positiva aunque sonámbula tendencia en pro del bien, favoreciendo circunstancial y puntualmente eventos de “interés” dentro y fuera del país, subsidiando inopinadamente grupos de diverso plumaje y construyendo (hasta donde alcancen los dineros, la voluntad eolítica o el tiempo) el imponente lugar de los acontecimientos, llámese biblioteca, museo o teatro.
De tanta consecuencia y fidelidad, la práctica de las buenas intenciones (conocido camino empedrado) ha devenido política cultural de estado. Su precariedad lineal, su discurrir epiléptico, genera puntos, “manchones” a veces gloriosos aquí y allá, rodeados de vacíos, como hitos sin camino.
No soy un especialista. Escribo envalentonado desde la barrera de la sensatez. La urgencia del diseño de una política cultural es ya lugar común, una vieja letanía aliviada y propuesta por eventuales seminarios, retiros espirituales y congresos igualmente bien intencionados, cuyas conclusiones no pasan de ser saludos a la bandera en torneo de ponencias y cuyos resultados tangibles, aunque espirituosos, no rebasan la copa de los “traguitos” ofrecidos a la concurrencia como premio post-perorático.
La clase política tiene una concepción y piadosa de la cultura y, por consiguiente, de los fondos destinados a ella. Como ocurre a menudo en relación al financiamiento de las actividades que tocan valores intelectuales y espirituales parece no entender que esos fondos son inversión, vale decir, no simplemente dinero erogado en pro del adorno y la buena conciencia, sino proyecto, con unas posibilidades de rentabilidad inestimables, mucho menos románticas y más “reales” de lo que se suele imaginar.
Sólo a partir de una voluntad política convencida de la autentica naturaleza de su valor en relación al país y a nuestra presencia en el mundo podrá definirse un proyecto cultural. No la camisa de fuerza de una cultura oficialista sino la eficiente y alerta disposición de herramientas información y asistencia a lo largo del camino a fin de que los procesos creativos y conexos se cumplan y funcione. Nuestro piélago de buenas intenciones necesita del diseño de un liviano cuerpo articulado que les permita concretarse e interconectarse fluida y constantemente en función de objetivos claros pero sobre todo permanentes. Esto es, sostenido en el tiempo, en cada una de sus faces de realización conclusión y perdurabilidad saludable.
Necesita de una gran consecuencia en la calidad de la acción que haga posible un discurso coherente. Le de un cuerpo especifico, digno.
En el campo e las artes plásticas, único sector en el que me es factible rendir concreta esta abstracción, un observa frecuentemente la alkaseltzerización de los esfuerzos: se construyen con gran sacrifico museos que tras su inauguración apresurada, abortiva, resultan inoperantes por falta de conclusión y elementales recursos de supervivencia. Se “organizan” costosas participaciones en bienales internacionales, pero se descuida el fundamental trabajo en el terreno, abandonado la representación a su suerte en la esperanza de un batacazo, que generalmente terminamos recibiendo en la cabeza. No existe, por otra parte, un sistema de estímulo directo a la creación mediante la compra o la comanda del Estado, a trabes por ejemplo, de un fondo especial de capital mixto (mediante atractivos fiscales) destinado a tal efecto, ni se aplican reglamentos existentes como el del 1% para obras de arte en el presupuesto de edificaciones públicas. Se compra al relacionado o, muy eventualmente, al necesitado, y se comanda según la inspiración o el puntual interés del magistrado. El apoyo a la investigación personal no existe, a menos que se entienda por tal la alegría de tísico de la “jubilación”, concedida a los artistas designados con el premio nacional. Y en lo relativo a la difusión, al balance de actualidad, la necesaria reseña que representaba la amplitud de los salones nacionales de arte ha sido tácitamente privatizada, abandonada pura y simplemente ante el portal estrecho de criterios unívocos, juratorios.
Aramos en el mar. Y sin embargo poseemos un capital humano y una planta física envidiable en el contexto latinoamericano. Con esa misma pasión, con esos mismos arrebatos bien intencionados ya en el canal de un proyecto perdurable al servicio de una estructura continua, de un discurso cultural coherente, podríamos multiplicar el rendimiento de nuestros esfuerzos generando una sólida plataforma. Aramos en el mar y pareciera que aquella conclusión desesperanzada de Bolívar hubiera con el tiempo devenido, si no un estigma, el más constante y febrilmente practicado de los deportes nacionales.

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